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LA DOTTRINA PENALE DEL PAPA FRANCESCO

LA DOCTRINA PENAL DEL PAPA FRANCISCO

Desde su proclamación como Santo Padre, el Papa Francisco I ha ido abordando y posicionándose ante los principales problemas morales a los que se enfrenta la humanidad.

Entre las cuestiones que ha afrontado con valentía se encuentran un gran número de materias propias del derecho penal: el origen de la criminalidad; qué comportamientos humanos han de ser perseguibles y cuáles no; la forma de aplicar las penas…

Esta doctrina se ha ido declarando no de una forma metódica, sino que se ha ido expresando de forma asistemática al hilo de cada una de las intervenciones del Santo Padre; sembrando, como Montaigne a los cuatro vientos sus ideas al respecto.

En este artículo pretendemos pues sistematizar la  doctrina penal que se contiene en las diferentes audiencias, cartas, encíclicas, y exhortaciones del Papa Francisco emitidas hasta la fecha, entresacando de cada una de ellas los contenidos que tienen especial importancia para la ciencia penal.

Acerca de las causas que originan la criminalidad.

En la Carta  del Santo Padre Francisco al Primer Ministro de Australia con ocasión de la cumbre del G20 [Brisbane, 15-16 De Noviembre De 2014], el Santo Padre señala de forma inequívoca la pobreza y las desigualdades sociales como causa y origen de la actividad criminal: “En el mundo, incluso dentro de los países pertenecientes al G20, hay demasiadas mujeres y hombres que sufren a causa de la desnutrición severa, por el aumento del número de personas sin empleo, por el altísimo porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social que puede conducir a favorecer la actividad criminal e, incluso, el reclutamiento de terroristas. (…) También tendría que llevar a la eliminación de las causas profundas del terrorismo que ha alcanzado proporciones hasta ahora inimaginables; entre esas causas se cuenta la pobreza, el subdesarrollo y la exclusión.”

Detectado el origen, el Papa Francisco señala a uno de los causantes de esta situación: “los abusos en el sistema financiero, tales como las transacciones que condujeron a la crisis de 2008, y en particular a la especulación desligada de vínculos políticos o jurídicos, y a la mentalidad que ve en la maximización de los beneficios el objetivo final de toda actividad económica. Una mentalidad en la que las personas son descartadas, en último término, jamás alcanzará la paz y la justicia. Tanto a nivel nacional como a nivel internacional, la responsabilidad por los pobres y los marginados debe ser, por lo tanto, elemento esencial de toda decisión política.”

Acerca de una Teoría General del Derecho Penal.

En la Carta del Santo Padre Francisco a los Participantes en el XIX Congreso Internacional de la Asociación Internacional de Derecho Penal y del III Congreso de la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología (Vaticano, 30 de mayo de 2014), el Papa habla de cómo “el Derecho penal requiere un enfoque multidisciplinar, que trate de integrar y armonizar todos los aspectos que confluyen en la realización de un acto plenamente humano, libre, consciente y responsable.”

A tal fin, y poniendo como ejemplo a los discípulos de Jesús, propone que la manera de acompañar y sostener a quienes han sucumbido bajo el peso del pecado y del mal ha de ser por medio de tres elementos: “ la satisfacción o reparación del daño causado; la confesión, por la que el hombre expresa su conversión interior; y la contrición para llegar al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios.”

“1. La satisfacción. El Señor ha ido enseñando, poco a poco, a su pueblo que hay una asimetría necesaria entre el delito y la pena, que un ojo o un diente roto no se remedia rompiendo otro. Se trata de hacer justicia a la víctima, no de ajusticiar al agresor.”

“2. La confesión es la actitud de quien reconoce y lamenta su culpa. Si al delincuente no se le ayuda suficientemente, no se le ofrece una oportunidad para que pueda convertirse, termina siendo víctima del sistema. Es necesario hacer justicia, pero la verdadera justicia no se contenta con castigar simplemente al culpable. Hay que avanzar y hacer lo posible por corregir, mejorar y educar al hombre para que madure en todas sus vertientes, de modo que no se desaliente, haga frente al daño causado y logre replantear su vida sin quedar aplastado por el peso de sus miserias.”

“3. La contrición es el pórtico del arrepentimiento, es esa senda privilegiada que lleva al corazón de Dios, que nos acoge y nos ofrece otra oportunidad, siempre que nos abramos a la verdad de la penitencia y nos dejemos transformar por su misericordia.”

“La actitud de Dios, que primera al hombre pecador ofreciéndole su perdón, se presenta así como una justicia superior, al mismo tiempo ecuánime y compasiva, sin que haya contradicción entre estos dos aspectos. El perdón, en efecto, no elimina ni disminuye la exigencia de la rectificación, propia de la justicia, ni prescinde de la necesidad de conversión personal, sino que va más allá, buscando restaurar las relaciones y reintegrar a las personas en la sociedad. Aquí me parece que se halla el gran reto, que entre todos debemos afrontar, para que las medidas que se adopten contra el mal no se contenten con reprimir, disuadir y aislar a los que lo causaron, sino que les ayuden a recapacitar, a transitar por las sendas del bien, a ser personas auténticas que lejos de sus miserias se vuelvan ellas mismas misericordiosas. Por eso, la Iglesia plantea una justicia que sea humanizadora, genuinamente reconciliadora, una justicia que lleve al delincuente, a través de un camino educativo y de esforzada penitencia, a su rehabilitación y total reinserción en la comunidad.”

Acerca del Principio de Cautela y de la Proporcionalidad de las Penas.

En repetidas ocasiones el Santo Padre se ha expresado en contra de una aplicación dura y severa de las penas.

En el Discurso del Santo Padre Francisco a una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal (Sala de los Papas, Jueves 23 de octubre de 2014) se expresa dicho pensamiento de la siguiente manera: “La cautela en la aplicación de la pena debe ser el principio que rija los sistemas penales, y la plena vigencia y operatividad del principio pro homine debe garantizar que los Estados no sean habilitados, jurídicamente o de hecho, a subordinar el respeto de la dignidad de la persona humana a cualquier otra finalidad, incluso cuando se logre alcanzar una especie de utilidad social. El respeto de la dignidad humana no sólo debe actuar como límite de la arbitrariedad y los excesos de los agentes del Estado, sino como criterio de orientación para perseguir y reprimir las conductas que representan los ataques más graves a la dignidad e integridad de la persona humana.”

Este mismo pensamiento, mencionado de una forma más popular y llana es el que encontramos en las palabras con las que  el Santo Padre  se dirigió a los reclusos del Centro Penitenciario de Isernia (5 de julio de 2.014): “Pensar que el orden interior de una persona se corrija solamente «a bastonazos» —no sé si se dice así—, que se corrija solamente con el castigo, esto no es de Dios, esto es un error. Algunos piensan: «No, no, se debe castigar más, más años, de más». Esto no resuelve nada, ¡nada! Enjaular a la gente porque —disculpad la palabra— por el solo hecho de que si está dentro estamos seguros, esto no sirve, no nos ayuda. La cosa más importante es lo que hace Dios con nosotros: nos toma de la mano y nos ayuda a seguir adelante. ¡Y esto se llama esperanza! Y con esta esperanza, con esta confianza se puede caminar día tras día. Y con este amor fiel, que nos acompaña, la esperanza verdaderamente no defrauda”

Esta llamada a la misericordia, viene provista de una denuncia a una de las causas que promueven que en nuestra sociedad se busque más la dureza en el castigo, que la reinserción del delincuente: “A este respecto, los medios de comunicación, en su legítimo ejercicio de la libertad de prensa, juegan un papel muy importante y tienen una gran responsabilidad: de ellos depende informar rectamente y no contribuir a crear alarma o pánico social cuando se dan noticias de hechos delictivos. Están en juego la vida y la dignidad de las personas, que no pueden convertirse en casos publicitarios, a menudo incluso morbosos, condenando a los presuntos culpables al descrédito social antes de ser juzgados o forzando a las víctimas, con fines sensacionalistas, a revivir públicamente el dolor sufrido.” (Carta del Santo Padre Francisco a los Participantes del XIX Congreso Internacional de la Asociación Internacional de Derecho Penal y del III Congreso de la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología, [Vaticano, 30 de mayo de 2014]).

Acerca del Principio de Gratuidad de la Justicia.

En el Saludo del Santo Padre Francisco  a los Participantes en un Curso sobre el Matrimonio organizado por la Rota Romana (Aula Pablo VI, Miércoles 5 de noviembre de 2014), el Papa Francisco se refirió en estos términos a los costes que los ciudadanos deben de afrontar cuando plantean su caso ante el Tribunal de la Rota: “Es la madre Iglesia quien sale y busca a sus hijos para hacer justicia. Y se necesita también estar muy atentos para que los procedimientos no se encuentren dentro del marco de los negocios: y no hablo de cosas extrañas. Se han dado incluso escándalos públicos. Yo tuve que despedir del Tribunal a una persona, hace tiempo, que decía: «Diez mil dólares y te hago los dos procesos, el civil y el eclesiástico». Por favor, ¡esto no! También en el Sínodo algunas propuestas hablaron de gratuidad, se tiene que ver… Pero cuando los intereses espirituales están apegados al económico, ¡esto no es de Dios! La madre Iglesia tiene mucha generosidad para hacer justicia gratuitamente, como gratuitamente fuimos justificados por Jesucristo. Este punto es importante: separad las dos cosas.”

Acerca de la pena de muerte y de la cadena perpetua.

Siendo conocida la posición de la Iglesia en contra tanto de la pena de muerte, como de la cadena perpetua, el Papa Francisco  explicó las razones de dicha condena en el Discurso que pronunció ante una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal, que antes hemos citado, bajo los siguientes argumentos:

“Es imposible imaginar que hoy los Estados no puedan disponer de otro medio que no sea la pena capital para defender la vida de otras personas del agresor injusto.

San Juan Pablo II condenó la pena de muerte (cf. Carta enc. Evangelium vitae, 56), como lo hace también el Catecismo de la Iglesia católica (n. 2267).

Sin embargo, puede verificarse que los Estados quitan la vida no sólo con la pena de muerte y con las guerras, sino también cuando oficiales públicos se refugian bajo la sombra de los poderes estatales para justificar sus crímenes. Las así llamadas ejecuciones extrajudiciales o extralegales son homicidios deliberados cometidos por algunos Estados o por sus agentes, que a menudo se hacen pasar como enfrentamientos con delincuentes o son presentados como consecuencias no deseadas del uso razonable, necesario y proporcional de la fuerza para hacer aplicar la ley. De este modo, incluso si entre los 60 países que mantienen la pena de muerte, 35 no lo aplicaron en los últimos diez años, la pena de muerte, ilegalmente y en diversos grados, se aplica en todo el planeta.

Las ejecuciones extrajudiciales mismas son perpetradas de forma sistemática no sólo por los Estados de la comunidad internacional, sino también por entidades no reconocidas como tales, y representan auténticos crímenes.

Los argumentos contrarios a la pena de muerte son muchos y bien conocidos. La Iglesia ha oportunamente destacado algunos de ellos, como la posibilidad de la existencia del error judicial y el uso que hacen de ello los regímenes totalitarios y dictatoriales, que la utilizan como instrumento de supresión de la disidencia política o de persecución de las minorías religiosas y culturales, todas víctimas que para sus respectivas legislaciones son «delincuentes ».

Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad están llamados, por lo tanto, a luchar no sólo por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal que sea, y en todas sus formas, sino también con el fin de mejorar las condiciones carcelarias, en el respeto de la dignidad humana de las personas privadas de libertad. Y esto yo lo relaciono con la cadena perpetua. En el Vaticano, desde hace poco tiempo, en el Código penal vaticano, ya no existe la cadena perpetua. La cadena perpetua es una pena de muerte oculta.”

Acerca del aborto y de la eutanasia.

Esta misma defensa del derecho de la vida que le hace posicionarse en contra de la pena de muerte y de la cadena perpetua, le llevan igualmente a oponerse tanto al aborto como a la eutanasia.

En el Discurso del Santo Padre Francisco a los Participantes en el Congreso Conmemorativo de la Asociación de Médicos Católicos Italianos con Motivo del 70 Aniversario de Su Fundación (Aula Pablo VI, Sábado 15 de noviembre de 2014), se reflexiona de la siguiente manera: “El pensamiento dominante propone a veces una «falsa compasión»: la que considera una ayuda para la mujer favorecer el aborto, un acto de dignidad facilitar la eutanasia, una conquista científica «producir» un hijo considerado como un derecho en lugar de acogerlo como don; o usar vidas humanas como conejillos de laboratorio para salvar posiblemente a otras. La compasión evangélica, en cambio, es la que acompaña en el momento de la necesidad, es decir, la del buen samaritano, que «ve», «tiene compasión», se acerca y ofrece ayuda concreta (cf. Lc 10, 33). Vuestra misión de médicos os pone a diario en contacto con muchas formas de sufrimiento: os aliento a haceros cargo de ello como «buenos samaritanos», teniendo especial atención hacia los ancianos, los enfermos y los discapacitados. La fidelidad al Evangelio de la vida y al respeto de la misma como don de Dios, a veces requiere opciones valientes y a contracorriente que, en circunstancias especiales, pueden llegar a la objeción de conciencia. Y a muchas consecuencias sociales que tal fidelidad comporta. Estamos viviendo en una época de experimentación con la vida. Pero un experimentar mal. Tener hijos en lugar de acogerlos como don, como he dicho. Jugar con la vida. Estad atentos, porque esto es un pecado contra el Creador: contra Dios Creador, que creó de este modo las cosas. Cuando muchas veces en mi vida de sacerdote escuché objeciones: «Pero, dime, ¿por qué la Iglesia se opone al aborto, por ejemplo? ¿Es un problema religioso?» —«No, no. No es un problema religioso». —«¿Es un problema filosófico?» —«No, no es un problema filosófico». Es un problema científico, porque allí hay una vida humana y no es lícito eliminar una vida humana para resolver un problema. «Pero no, el pensamiento moderno…» —«Pero, oye, en el pensamiento antiguo y en el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo». Lo mismo vale para la eutanasia: todos sabemos que con muchos ancianos, en esta cultura del descarte, se realiza esta eutanasia oculta. Pero, también está la otra. Y esto es decir a Dios: «No, el final de la vida lo decido yo, como yo quiero». Pecado contra Dios Creador. Pensad bien en esto.”

En el Discurso del Papa Francisco a los participantes en la Conferencia Organizada por la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas (Sala Clementina, Viernes 20 de septiembre de 2013, la reflexión se centra en contraponer el derecho a la vida de todo ser humano con la actual “cultura del descarte”: “Una difundida mentalidad de lo útil, la «cultura del descarte», que hoy esclaviza los corazones y las inteligencias de muchos, tiene un altísimo coste: requiere eliminar seres humanos, sobre todo si son física o socialmente más débiles. Nuestra respuesta a esta mentalidad es un «sí» decidido y sin titubeos a la vida. «El primer derecho de una persona humana es su vida. Ella tiene otros bienes y algunos de ellos son más preciosos; pero aquél es el bien fundamental, condición para todos los demás» (Congregación para la doctrina de la fe, Declaración sobre el aborto procurado, 18 de noviembre de 1974, 11). Las cosas tienen un precio y se pueden vender, pero las personas tienen una dignidad, valen más que las cosas y no tienen precio. Muchas veces nos hallamos en situaciones donde vemos que lo que cuesta menos es la vida. Por esto la atención a la vida humana en su totalidad se ha convertido en los últimos años en una auténtica prioridad del Magisterio de la Iglesia, particularmente a la más indefensa, o sea, al discapacitado, al enfermo, al que va a nacer, al niño, al anciano, que es la vida más indefensa. (…)

Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo, tiene el rostro del Señor, que antes aún de nacer, y después recién nacido, experimentó el rechazo del mundo. Y cada anciano —y he hablado del niño: vamos a los ancianos, ¡otro punto! Y cada anciano, aunque esté enfermo o al final de sus días, lleva en sí el rostro de Cristo. ¡No se pueden descartar, como nos propone la «cultura del descarte»! ¡No se pueden descartar!

3. El tercer aspecto es un mandato: sed testigos y difusores de esta «cultura de la vida».”

Acerca de la tortura y otras medidas y penas crueles, inhumanas y degradantes.

De plena actualidad es también la denuncia que hace el Santo Padre sobre los sistemas judiciales que permiten las torturas como método para investigar un determinado hecho. Esta denuncia que se contiene en el Discurso del Santo Padre Francisco a una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal (Sala de los Papas, jueves 23 de octubre de 2014) aunque sin nombrarlo específicamente  se dirige de forma clara tanto contra los Estados Unidos, como contra los países que colaboraron de forma pasiva o dieron cobertura a sus prácticas inhumanas.

“El adjetivo «cruel»; bajo estas figuras que he mencionado está siempre esa raíz: la capacidad humana de crueldad. Es una pasión, una verdadera pasión. Una forma de tortura es a veces la que se aplica mediante la reclusión en cárceles de máxima seguridad. Con el motivo de ofrecer una mayor seguridad a la sociedad o un trato especial para ciertas categorías de detenidos, su principal característica no es otra que el aislamiento externo. Como demuestran los estudios realizados por diversos organismos de defensa de los derechos humanos, la falta de estímulos sensoriales, la completa imposibilidad de comunicación y la falta de contactos con otros seres humanos, provocan sufrimientos psíquicos y físicos como la paranoia, la ansiedad, la depresión y la pérdida de peso, y aumentan sensiblemente la tendencia al suicidio.

Este fenómeno, característico de las cárceles de máxima seguridad, se verifica también en otros tipos de centros penitenciarios, junto a otras formas de tortura física y psíquica cuya práctica se ha extendido. Las torturas ya no son aplicadas solamente como medio para obtener un determinado fin, como la confesión o la delación —prácticas características de la doctrina de seguridad nacional— sino que constituyen un auténtico plus de dolor que se suma a los males propios de la detención. De este modo, se tortura no sólo en centros clandestinos de detención o en modernos campos de concentración, sino también en cárceles, institutos para menores, hospitales psiquiátricos, comisarías y otros centros e instituciones de detención y pena.

La doctrina penal misma tiene una importante responsabilidad en esto al haber consentido en ciertos casos la legitimación de la tortura con ciertas condiciones, abriendo el camino a ulteriores y más amplios abusos.

Muchos Estados son también responsables por haber personalmente practicado o tolerado el secuestro en el propio territorio, incluso el de ciudadanos de sus respectivos países, o por haber autorizado el uso de su espacio aéreo para el transporte ilegal hacia centros de detención en los que se practica la tortura.

Estos abusos se podrán detener únicamente con el firme compromiso de la comunidad internacional en reconocer el primado del principio pro homine, lo que quiere decir de la dignidad de la persona humana sobre todas las cosas.”

Acerca de la esclavitud.

En múltiples ocasiones el Santo Padre ha levantado la voz para denunciar la persistencia en nuestra sociedad actual de la esclavitud. “Este crimen de lesa humanidad se enmascara en aparentes costumbres aceptadas, pero en realidad hace sus víctimas en la prostitución, la trata de personas, el trabajo forzado, el trabajo esclavo, la mutilación, la venta de órganos, el mal uso de la droga, el trabajo de niños. Se oculta tras puertas cerradas, en domicilios particulares, en las calles, en automóviles, en fábricas, en campos, en barcos pesqueros y en muchas otras partes.

Y esto ocurre tanto en ciudades como en aldeas, en las villas de emergencia de las naciones más ricas y más pobres del mundo. Y lo peor, es que tal situación, desgraciadamente, se agrava cada día más.” (Palabras del Santo Padre Francisco en la Ceremonia para la Firma de la Declaración de los Líderes Religiosos Contra la Esclavitud [Casina Pio IV, Martes, 2 de diciembre de 2014]).

De nuevo, y de forma valiente la denuncia, se nominaliza, dirigiéndola contra los auténticos causantes de este crimen, los Estados. Pues son estos sujetos quienes con su acción o su omisión permiten la pervivencia y nuevo desarrollo de estas prácticas delictivas.

“La esclavitud, incluida la trata de personas, es reconocida como crimen contra la humanidad y como crimen de guerra, tanto por el derecho internacional como por muchas legislaciones nacionales. Es un delito de lesa humanidad. Y, desde el momento que no es posible cometer un delito tan complejo como la trata de personas sin la complicidad, con acción y omisión, de los Estados, es evidente que, cuando los esfuerzos para prevenir y combatir este fenómeno no son suficientes, estamos nuevamente ante un crimen contra la humanidad. Más aún, si sucede que quien está para proteger a las personas y garantizar su libertad, en cambio se hace cómplice de quienes practican el comercio de seres humanos, entonces, en tales casos, los Estados son responsables ante sus ciudadanos y ante la comunidad internacional.

Se puede hablar de mil millones de personas atrapadas en la pobreza absoluta. Mil millones y medio no tienen acceso a los servicios higiénicos, al agua potable, a la electricidad, a la educación elemental o al sistema sanitario y deben soportar privaciones económicas incompatibles con una vida digna (2014 Human Development Report, UNPD). Incluso si el número total de personas en esta situación ha disminuido en estos últimos años, ha aumentado su vulnerabilidad, a causa de las crecientes dificultades que deben afrontar para salir de tal situación. Esto se debe a la siempre creciente cantidad de personas que viven en países en conflicto. Cuarenta y cinco millones de personas fueron obligadas a huir a causa de situaciones de violencia o persecuciones sólo en 2012; de estas, quince millones son refugiados, la cifra más alta en dieciocho años. El 70 por ciento de estas personas son mujeres. Además, se estima que en el mundo, siete sobre diez de los que mueren de hambre, son mujeres y niñas (Fondo de las Naciones Unidas para las mujeres, UNIFEM).” Discurso del Santo Padre Francisco a una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal (Sala de los Papas, jueves 23 de octubre de 2014).

Acerca del delito de corrupción.

Con palabras muy firmes y duras el Santo Padre ha abordado el tema de la corrupción. Se critica en sobre manera el hecho de que no se persiga de forma severa a los dirigentes corruptos, verdaderos causantes de la reciente crisis que hemos vivido, mientras toda la dureza de la ley recae sobre los pequeños delincuentes que no suponen una amenaza para la paz social en la misma escala que la de los altos dirigentes de un Estado.

“La escandalosa concentración de la riqueza global es posible por la connivencia de responsables del ámbito público con los poderes fuertes. La corrupción es ella misma también un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción.

Hay pocas cosas más difíciles que abrir una brecha en un corazón corrupto: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12, 21). Cuando la situación personal del corrupto llega a ser complicada, él conoce todas las salidas para escapar de ello como hizo el administrador deshonesto del Evangelio (cf. Lc 16, 1-8).

El corrupto atraviesa la vida con los atajos del oportunismo, con el aire de quien dice: «No he sido yo», llegando a interiorizar su máscara de hombre honesto. Es un proceso de interiorización. El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien lo hace, trata de disminuir cualquier autoridad moral que pueda ponerlo en tela de juicio, no valora a los demás y ataca con el insulto a quien piensa de modo diverso. Si las relaciones de fuerza lo permiten, persigue a quien lo contradiga.

La corrupción se expresa en una atmósfera de triunfalismo porque el corrupto se cree un vencedor. En ese ambiente se pavonea para rebajar a los demás. El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad. El corrupto no percibe su corrupción. Se da en cierto sentido lo que sucede con el mal aliento: difícilmente quien lo tiene se da cuenta de ello; son los demás quienes se dan cuenta y se lo deben decir. Por tal motivo difícilmente el corrupto podrá salir de su estado por remordimiento interior de la conciencia.

La corrupción es un mal más grande que el pecado. Más que perdonado, este mal debe ser curado. La corrupción se ha convertido en algo natural, hasta el punto de llegar a constituir un estado personal y social relacionado con la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en los contratos públicos, en toda negociación que implique agentes del Estado. Es la victoria de las apariencias sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción respetable.

Sin embargo, el Señor no se cansa de llamar a la puerta de los corruptos. La corrupción nada puede contra la esperanza.

¿Qué puede hacer el derecho penal contra la corrupción? Son ya muchas las convenciones y los tratados internacionales en la materia y han proliferado las hipótesis de delito orientadas a proteger no tanto a los ciudadanos, que en definitiva son las víctimas últimas —en particular los más vulnerables—, sino a proteger los intereses de los agentes de los mercados económicos y financieros.

La sanción penal es selectiva. Es como una red que captura sólo los peces pequeños, mientras que deja a los grandes libres en el mar. Las formas de corrupción que hay que perseguir con la mayor severidad son las que causan graves daños sociales, tanto en materia económica y social —como por ejemplo graves fraudes contra la administración pública o el ejercicio desleal de la administración— como en cualquier tipo de obstáculo interpuesto en el funcionamiento de la justicia con la intención de procurar la impunidad para las propias malas acciones o para las de terceros.”

Discurso del Santo Padre Francisco a una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal (Sala de los Papas, jueves 23 de octubre de 2014).

Acerca de la criminalidad organizada transnacional.

Siendo la criminalidad organizada transnacional unos de los principales peligros para el bien común, el Papa Francisco, para dar ejemplo sobre la necesidad de luchar contra la misma, procedió a los pocos meses de ser elegido a reformar la normativa vaticana para favorecer la cooperación judicial internacional en esta materia.

Esta reforma legislativa se materializo en la Lettera Apostolica  in forma di «Motu Proprio» del Sommo Pontefice  Francesco Sulla Giurisdizione Degli Organi Giudiziari Dello Stato Della Città Del Vaticano In Materia Penale (11 de julio de 2.013).

Acerca de las minas antipersona.

El rechazo a este tipo de armamento y el apoyo de la Santa Sede a la erradicación del mismo se ha plasmado en el Mensaje Del Santo Padre Francisco, firmado por el Cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin, al  Presidente de la Conferencia sobre las Minas Antipersona (23 de junio de 2.014), cuyos párrafos más relevantes pasamos a citar:

“Se me conceda expresar de modo particular mi solidaridad y mi afecto a todas las personas víctimas de las minas antipersona. Ellas llevan sobre su cuerpo y en su vida los signos de un arma deshumana, un arma irresponsable, un arma de personas viles. Sus heridas nos recuerdan que el recurso a las armas en general, y a las minas en particular, representa una derrota para todos.(…)

Las minas antipersona son engañosas porque alargan la guerra y alimentan el miedo incluso después del final de los conflictos. Añaden al fallo humano provocado por la guerra, un sentimiento de miedo que prevalece en el estilo de vida y altera la construcción de la paz. Este sentimiento es destructivo no sólo de la persona que lo sufre sino también de la que lo impone. (…)

Convenciones como la de las minas antipersona o la de las municiones en racimo, no son sólo fríos cuadros jurídicos, sino que representan un desafío para todos los que buscan salvaguardar y construir la paz, y, en particular, tutelar a los más débiles.(…)

El Papa Francisco exhorta a todos los agentes de esta espléndida empresa humanitaria a preservar la integridad de la Convención, a desarrollarla y ponerla en acción lo más fiel y rápidamente posible.”

Acerca del blanqueo de dinero, el terrorismo y la proliferación de las armas de destrucción masiva.

Como continuación a la labor ya emprendida por el anterior Pontífice Benedicto XVI, quien ya abordó la materia en el Motu proprio de 30 de diciembre de 2.010, el Santo Padre ha procedido en el plazo más breve posible a reformar la legislación del Estado del Vaticano para renovar el compromiso tanto en la lucha, como en la cooperación internacional en las materias de Blanqueo de Dinero, el Terrorismo y la Proliferación de las Armas de Destrucción Masiva.

Esta reforma legislativa se ha materializado en la Lettera Apostolica In Forma Di “Motu Proprio” Del Sommo Pontefice Francesco Per La Prevenzione Ed Il Contrasto Del Riciclaggio, Del Finanziamento Del Terrorismo E Della Proliferazione Di Armi Di Distruzione Di Massa (Roma, 8 de agosto de 2.013).

Acerca de la aplicación de las sanciones penales a niños y ancianos y  a otras personas especialmente vulnerables.

De carácter muy humanitario es la exhortación del Santo Padre para que se dé un trato penal privilegiado a determinados sectores de la población.

Si se lee con atención su discurso, se comprueba que no en todos los casos que se enumeran, esta especial atención se tiene presente, como sucede en nuestro país.

“Los Estados deben abstenerse de castigar penalmente a los niños que aún no han completado su desarrollo hacia la madurez, y por tal motivo no pueden ser imputables. Ellos, en cambio, deben ser los destinatarios de todos los privilegios que el Estado puede ofrecer, tanto en lo que se refiere a políticas de inclusión como a prácticas orientadas a hacer crecer en ellos el respeto por la vida y por los derechos de los demás.

Los ancianos, por su parte, son quienes, a partir de los propios errores, pueden ofrecer enseñanzas al resto de la sociedad. No se aprende únicamente de las virtudes de los santos, sino también de las faltas y de los errores de los pecadores y, entre ellos, de los que por cualquier razón hayan caído y cometido delitos. Además, razones humanitarias imponen que, como se debe excluir o limitar el castigo a quien padece enfermedades graves o terminales, a mujeres embarazadas, a personas discapacitadas, a madres y padres que son los únicos responsables de menores o de discapacitados, de igual modo merecen tratamientos especiales los adultos de edad avanzada.”

Discurso del Santo Padre Francisco a una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal (Sala de los Papas, jueves 23 de octubre de 2014).

Acerca de las condiciones de la prisión, los presos sin condena y los condenados sin juicio.

Con palabras muy francas, pero al mismo tiempo firmes, el Papa Francisco ha alzado igualmente su voz para reclamar por el uso injusto y abusivo de determinadas prácticas procesales como la prisión preventiva, o la reclusión de personas sin haber tenido un previo juicio.

En unión a lo anterior, ha pedido el trato más humanitario posible para las personas encarceladas, recordando que uno de los fines principales de la prisión es el de promover la reinserción social.

Recogemos las siguientes palabras del Discurso del Santo Padre Francisco a una Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal (Sala de los Papas, jueves 23 de octubre de 2014).

“Estas no son películas, vosotros lo sabéis bien. La prisión preventiva —cuando de forma abusiva procura un anticipo de la pena, previa a la condena, o como medida que se aplica ante la sospecha más o menos fundada de un delito cometido— constituye otra forma contemporánea de pena ilícita oculta, más allá de un barniz de legalidad.

Esta situación es particularmente grave en algunos países y regiones del mundo, donde el número de detenidos sin condena supera el 50 por ciento del total. Este fenómeno contribuye al deterioro aún mayor de las condiciones de detención, situaciones que la construcción de nuevas cárceles no logra jamás resolver, desde el momento que cada nueva cárcel completa su capacidad ya antes de ser inaugurada. Además es causa de un uso indebido de destacamentos de policía y militares como lugares de detención.

La cuestión de los detenidos sin condena se debe afrontar con la debida cautela, desde el momento que se corre el riesgo de crear otro problema tan grave como el primero, si no peor: el de los reclusos sin juicio, condenados sin que se respeten las normas del proceso.

Las deplorables condiciones de detención que se verifican en diversas partes del planeta, constituyen a menudo un auténtico rasgo inhumano y degradante, muchas veces producto de las deficiencias del sistema penal, otras veces de la carencia de infraestructuras y de planificación, mientras que en no pocos casos no son más que el resultado del ejercicio arbitrario y despiadado del poder sobre las personas privadas de libertad.”

En el encuentro del Santo Padre con los  reclusos del Centro Penitenciario de Castrovillari (21 de junio de 2.014), se refirió a la misma materia con estas palabras:

“En las reflexiones que se refieren a los detenidos, se destaca a menudo el tema del respeto de los derechos fundamentales del hombre y la exigencia de correspondientes condiciones de expiación de la pena. Este aspecto de la política penitenciaria es ciertamente esencial y la atención al respecto debe permanecer siempre alta. Pero esta perspectiva no es todavía suficiente si no está acompañada y completada por un compromiso concreto de las instituciones con vistas a una efectiva reinserción en la sociedad (cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la 17ª Conferencia de los directores de las Administraciones penitenciarias del Consejo de Europa, 22 de noviembre de 2012). Cuando esta finalidad se descuida, la ejecución de la pena se degrada a un instrumento de sólo castigo o venganza social, a su vez perjudicial para el individuo y para la sociedad. Y Dios no hace esto con nosotros. Dios, cuando nos perdona, nos acompaña y nos ayuda en el camino. Siempre. Incluso en las cosas pequeñas. Cuando vamos a confesarnos, el Señor nos dice: «Yo te perdono. Pero ahora ven conmigo». Y Él nos ayuda a retomar el camino. Jamás condena. Jamás sólo perdona, sino que perdona y acompaña. Además somos frágiles y debemos volver a la confesión, todos. Pero Él no se cansa. Siempre nos vuelve a tomar de la mano. Este es el amor de Dios, y nosotros debemos imitarlo. La sociedad debe imitarlo. Recorrer este camino.”

Acerca de los derechos de los inmigrantes irregulares y de los refugiados.

No queremos terminar nuestra exposición sin dedicar unas líneas a uno de los temas más recurrentes del Papa Francisco I desde su nominación. Esto es los derechos de los inmigrantes irregulares y refugiados. Un asunto de primera actualidad tanto en Italia como en España.

En su visita al Centro Astalli de Roma, el 10 de septiembre de 2013, el Santo Padre habló del derecho que tienen a la integración en la sociedad en que de facto residen con estas palabras:

“No basta con dar un bocadillo si no se acompaña de la posibilidad de aprender a caminar con las propias piernas. La caridad que deja al pobre así como es, no es suficiente. La misericordia verdadera, la que Dios nos dona y nos enseña, pide la justicia, pide que el pobre encuentre el camino para ya no ser tal. Pide —y lo pide a nosotros, Iglesia, a nosotros, ciudad de Roma, a las instituciones—, pide que nadie deba tener ya necesidad de un comedor, de un alojamiento de emergencia, de un servicio de asistencia legal para ver reconocido el propio derecho a vivir y a trabajar, a ser plenamente persona. Adam ha dicho: «Nosotros, refugiados, tenemos el deber de hacer lo posible para estar integrados en Italia». Y esto es un derecho: ¡la integración! Y Carol ha dicho: «Los sirios en Europa sienten la gran responsabilidad de no ser un peso, queremos sentirnos parte activa de una nueva sociedad». ¡También esto es un derecho! Esta responsabilidad es la base ética, es la fuerza para construir juntos. Me pregunto: ¿nosotros acompañamos este camino?”

Este tema repetido en incesantes ocasiones durante su pontificado, volvió a ser puesto de manifiesto en el Discurso del Santo Padre ante el Parlamento Europeo (Estrasburgo, 25 de Noviembre de 2014), en los siguientes términos:

“Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria. No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos.”

Por último, en  el saludo a los refugiados asistidos por los Salesianos que realizó en la Catedral del Espíritu Santo en su reciente viaje a Estambul (30 de Noviembre de 2.014), el Papa Francisco hizo un llamamiento a la Comunidad Internacional para que asistiese a los refugiados procedentes del actual conflicto que asola a Siria e Irak, así como los de otros conflictos.

“Los refugiados, como ustedes, se encuentran a menudo carentes, a veces durante mucho tiempo, de los bienes primarios: vivienda digna, asistencia sanitaria, educación, trabajo. Tuvieron que abandonar no sólo bienes materiales, sino, principalmente, la libertad, la cercanía de los familiares, su entorno de vida y las tradiciones culturales. Las condiciones degradantes en las que muchos refugiados tienen que vivir son intolerables. Por eso es preciso hacer todo esfuerzo para eliminar las causas de esta realidad. Hago un llamamiento para una mayor convergencia internacional para resolver los conflictos que ensangrientan sus tierras de origen, para contrarrestar las otras causas que obligan a las personas a abandonar su patria y promover las condiciones que les permitan quedarse o retornar. Aliento a todos los que están trabajando generosa y lealmente por la justicia y la paz a no desanimarse. Me dirijo a los líderes políticos para que tengan en cuenta que la gran mayoría de sus poblaciones aspiran a la paz, aunque a veces ya no tienen la fuerza ni la voz para pedirla.”

José Vicente Rubio Eire

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